El ventall de les creences

Un ateu practicant

Font: La Vanguardia 30/11/2014

Vicenc GrenznerVicenç Grenzner decidió hablar sin miedo de lo que no fue capaz en toda su vida y escribió a La Vanguardia. “Ahora tengo 63 años, las personas por quienes guardé silencio para no hacerles más daño han muerto y me siento en absoluta libertad. Y además, quiero hacerlo. Abusaron de mí en el colegio a los 7 años, cuando casi cada mañana el hermano responsable del estudio y al que yo iba a besar la mano, me tocaba los genitales mientras me preguntaba si era bueno. A cambio me hacía monaguillo. Abusaron de mí a los 14, otro religioso encargado de mi curso durante los ejercicios espirituales. Me interrogaba, me preguntaba por mis fantasías y me reconvenía para que no me masturbara mucho, mientras él lo hacía. Y a los 16, otro sacerdote del colegio ya directamente pretendió que me acostara con él como expresión del amor de Dios, y esa vez fui capaz de rechazarle. No, no pude hablar de eso nunca. Mi familia era profundamente religiosa. Si lo intentaba en el confesionario, todo era pecado, grandísimos pecados, nada más; nada sobre lo que me estaba pasando. Y fuera del confesionario, la respuesta religiosa siempre fue que los tocamientos no eran algo tan grave”.

“Pero lo era. Y tanto que lo era. Dejaron en mí miedo, mucho miedo, y siempre la culpa. Y una enorme confusión sobre mi identidad sexual que ha estado marcando toda mi vida”.

Toma aire y propone tres consejos en positivo: “No calles. Si te pasa, cuéntalo, no tengas miedo. El culpable jamás eres tú, es importante saberlo. Y, aunque duela mucho, se acaba saliendo”.

Médico de pueblo en Roda de Ter, gestor sanitario en Barcelona y desde hace años director del equipo de asistencia primaria del Casc Antic cree que sus pacientes van a alucinar cuando se enteren de esta denuncia sin nombres; él, que se sabe buen médico y persona equilibrada. Pero defiende casi con alivio que ahora toca desnudar corruptelas y secretos a la Iglesia, como está ocurriendo en la política y la banca. “Falta la Iglesia, porque en el colegio todo el mundo lo sabía. Y quienes tenían que protegernos lo consintieron porque es lo que se hace en comunidades jerarquizadas, en las que nadie se mete en asuntos que puedan incomodar a las alturas, porque nadie quiere poner en juego su carrera”. Y tiene duras palabras para la Iglesia que considera santo al Papa que defendió “al mayor pederasta, al padre Maciel, que tanto sufrimiento provocó”.

Explica cómo uno de sus abusadores iba mucho por casa de sus padres y ambos daban paseos de horas calle arriba, calle abajo “bajo la suspicaz mirada de mi madre en el balcón. Pero de eso no se hablaba. Era otra época y un grupo social donde el sexo no existía en las conversaciones. Y menos aún si se trataba de la Iglesia”. Cuando analiza lo que le pasó, lo que le hicieron, el médico se reconoce como ese niño lábil, inseguro y sensible que era la víctima perfecta para unos depredadores “que eligen cuidadosamente su diana”. Y cómo el abuso ahondó en él esa inseguridad, ese no saber quién era, qué quería, qué le gustaba, y le hacía sentir inmensamente culpable. 

La profesión le permitió crecer y ser bueno en lo suyo. Un ejercicio profesional que le llena de satisfacciones. Lo demás ha sido mucho más complicado. “Los abusados tendemos a la violencia, hacia nosotros mismos, con una feroz autodestrucción, o hacia los demás, por eso hay tanto agresor entre los que lo han sufrido”. Su adolescencia fue de las autodestructivas, de Eivissa a Londres pasando por casa. Y en casa se pusieron duros y le invitaron a vivir por su cuenta, lo que le ayudó a poner los pies en el suelo. También las experiencias en la India, “el contacto con una espiritualidad a la que no le importaba el sexo, con dioses que se tocaban felizmente”.

Con todas esas ayudas ha conseguido entenderse. “Sigo yendo a misa de 7 el domingo, aunque sólo algunos días conecte con ese Jesús de las bienaventuranzas. Soy un ateo practicante”. En cambio, el daño emocional, el que no depende del esfuerzo intelectual, ha sido más largo de curar. “Es un trabajo personal mucho más lento y difícil, pero se sale”.

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